Manipulación | Write Out Loud

Manipulación | Write Out Loud

Otra señal alarmante, quizá la más inquietante, es la manipulación

invisible del comportamiento, las actitudes y las decisiones de millones

de personas. Un caso paradigmático que ilustra este fenómeno es el de

Cambridge Analytica.

Este escándalo reveló cómo es posible influir en la vida de individuos y

naciones enteras a través de redes de propaganda: influyendo en

campañas políticas, gestionando técnicas de ingeniería social e incluso

desplegándola como guerra informática.

Cambridge Analytica era una filial estadounidense de la británica

Strategic Communications Laboratories —especializada en operaciones

psicológicas— y fue fundada en 2013 con una inversión de 15 millones de

dólares del multimillonario Robert Mercer, gestor de fondos de

cobertura y destacado donante del Partido Republicano. Su junta

directiva incluía a su hija, Rebekah Mercer, y a Steve Bannon, quien más

tarde se convertiría en el principal estratega de la campaña presidencial

de Donald Trump en 2016 y en su asesor senior tras la victoria. Bannon,

un ideólogo declarado, había expresado su intención de transformar el

Estado en la base del llamado “Movement”, un proyecto para un

resurgimiento global de la derecha populista. Este plan estaba

directamente vinculado a las “hechos alternativos”, un término que ganó

notoriedad durante la campaña de Trump y que encapsulaba el núcleo

de la “posverdad”: la distorsión deliberada de la realidad para manipular

creencias y emociones, moldeando así la opinión pública y las actitudes

sociales. ¿Coincidencia? Difícilmente.

Todo esto se sustentaba en la economía de los big data, el pilar de

internet moderno. Cambridge Analytica utilizaba el análisis de datos para

diseñar campañas —tanto para marcas como para políticos— orientadas a

“cambiar el comportamiento de la audiencia”. Segmentaban a la

población y enviaban mensajes personalizados sobre temas que les

importaban, utilizando un lenguaje específico y acompañándolo con

imágenes cuidadosamente seleccionadas para captar su atención y

comprometerlos emocionalmente.

Según investigaciones del Parlamento británico, exempleados de la

empresa revelaron que Cambridge Analytica intervino en:

• 44 campañas políticas en Estados Unidos en 2014

• La campaña de PRO (Propuesta Republicana), el partido de

Mauricio Macri, en las elecciones presidenciales de Argentina de

2015

• La campaña presidencial de Donald Trump en 2016

• La campaña del Brexit para la salida del Reino Unido de la Unión

Europea.

La empresa llegó a presumir que poseía 5.000 datos específicos sobre

cada votante estadounidense. Afirmaban que, mediante análisis

“psicográfico” —clasificando a la población según variables psicológicas

como estilo de vida, intereses y opiniones—, podían determinar la

personalidad de cada individuo y enviarle mensajes diseñados para

influir en su comportamiento. Estos datos se obtuvieron de 87 millones

de usuarios de Facebook a través de una aplicación llamada

Thisisyourdigitallife, que ofrecía tests de personalidad. En 2014, 87

millones era una cifra considerable; hoy, con el crecimiento exponencial

de plataformas como Facebook, X, Instagram y TikTok, esa cifra sería al

menos sesenta veces mayor. Solo las cinco principales redes sociales

tienen más de 5 mil millones de usuarios activos mensuales.

Christopher Wylie, exempleado convertido en denunciante, lo resumió

sin rodeos: “Si comienzas a distorsionar las percepciones de los votantes

sin su consentimiento o conocimiento, violas su autonomía para tomar

decisiones libres, porque están votando basados en cosas que creen que

son reales, pero que no necesariamente lo son”.

Aunque Cambridge Analytica “oficialmente” cerró en 2018 tras el

escándalo, sus prácticas persisten en otras empresas similares.

Las señales también son evidentes en casos como los Papeles de

Panamá, que revelaron cómo se gestiona la riqueza ilícita y se ocultan

fondos obtenidos ilegalmente por políticos, militares corruptos,

narcotraficantes y figuras aparentemente respetables que evaden

impuestos. Esta filtración de 11,5 millones de documentos, publicada

por el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ) con

la ayuda de 370 periodistas de 76 países, no fue casual. Probablemente

fue impulsada por rivales que buscaban debilitar a sus oponentes, pero

tuvo un impacto mayor: socavó la creencia de que el apego a la justicia y

los marcos legales era un estándar fiable. Este evento expuso la

falibilidad de los fundamentos en los que descansaba esa creencia. Dejó

al descubierto las grietas en la base ética del sistema democrático,

demostrando que su integridad era más frágil de lo que se había

supuesto.

Otra señal crítica que erosiona la moral y la confianza en las instituciones

y la democracia es la corrupción.

Esta se manifiesta en múltiples formas: un funcionario público que

adjudica contratos de interés nacional a cambio de beneficios

personales; sobornos a agentes de seguridad o aduanas para facilitar

actividades ilegales (narcotráfico o contrabando); líderes políticos que

desvían recursos públicos o venden información privilegiada para

enriquecerse o beneficiar a su familia o allegados; jueces que tuercen la

justicia a favor de quienes pagan; o quienes influyen por dinero,

blanqueando la imagen de regímenes opresivos.

Cuando estas actividades salen a la luz y se percibe que ciertas personas

están por encima de la ley, el escándalo inicial da paso a la

normalización. La corrupción se infiltra en todos los niveles, desde pagar

a un burócrata para agilizar un trámite hasta grandes esquemas que

desangran naciones enteras. Este fenómeno destruye la fe en el Estado

de derecho, las instituciones y las autoridades, corroyendo la estructura

social. Lo corroe todo.

Ejemplos notables de corrupción incluyen el caso de Odebrecht, la

mayor constructora latinoamericana que tejió una red de sobornos por

casi 350 millones de dólares en Brasil, 100 millones en Venezuela y

sumas menores en países como República Dominicana, Panamá,

Argentina, Ecuador, Perú, Guatemala, Colombia y México. Estos

esquemas involucraron a presidentes y funcionarios, exponiendo el mal

uso de recursos, clientelismo y tráfico de influencias.

Este caso también reveló que la corrupción es una de las principales

causas de la crisis económica, política y social permanente que se

extiende de México a Argentina y tiene un impacto decisivo en la

población, generando pobreza, servicios de salud inadecuados,

insuficiencia de electricidad y agua, sistemas educativos deficientes y, en

general, limitando el desarrollo. Además, perpetúa la inestabilidad

permanente de la configuración política regional, ya que ocupar cargos

políticos es una actividad muy lucrativa. Esta es, esencialmente, la fuerza

motriz detrás de los esfuerzos de tantas personas por acceder al poder,

gobernar y permanecer en él el mayor tiempo posible. No podría ser de

otra manera, ya que asegura a los políticos la acumulación de una

importante riqueza personal. En consecuencia, dedicarse a la política

parece un negocio deshonesto.

El caso Qatargate de 2022, por su parte, sacudió Europa. La policía belga

arrestó a Eva Kaili, vicepresidenta del Parlamento Europeo, y a otros por

aceptar sobornos de Qatar para influir en decisiones políticas y mejorar

la imagen de ciertos países. Los documentos filtrados revelaron intentos

de manipular los procesos democráticos de la Unión Europea, incluidos

esfuerzos para silenciar a los críticos. Marruecos también fue señalado

por sobornar a eurodiputados. En años anteriores, casi una cuarta parte

de los 704 eurodiputados estuvieron implicados en blanqueo de dinero

o actividades criminales, evidencia de “seria interferencia extranjera” en

la democracia europea.

Existen casos menores —pero no menos relevantes— que ilustran cómo

figuras democráticas prominentes se alinean con regímenes autoritarios

y aceptan sobornos por ganancia personal. José Luis Rodríguez

Zapatero, expresidente español y líder del Partido Socialista Obrero

Español (PSOE), era ampliamente considerado una figura representativa

de la democracia. Sin embargo, se ha dedicado y se dedica actualmente

a actividades de “asesoría” y lobbying para la dictadura venezolana,

intentando mediar, blanquear su imagen e influir en naciones europeas

para que apoyen al régimen autoritario venezolano.

Gerhard Schröder, excanciller alemán, fue nombrado en 2017 presidente

de los consejos de administración de Rosneft y Gazprom, empresas

estatales rusas de petróleo y gas, por una jugosa suma de euros para

defender los intereses de Rusia en Europa. En 2022, Schröder renunció a

sus funciones en ambas empresas debido a la creciente presión del

Parlamento alemán (Bundestag), que revocó ciertos privilegios asociados

a su antiguo cargo. Además, el Partido Socialdemócrata Alemán (SPD)

había considerado expulsarlo de su militancia, aunque finalmente no se

tomó tal medida.

Como observación adicional, aunque marginal, es pertinente señalar que

la corrupción dentro de la Iglesia Católica Romana fue un factor clave en

la rebelión de Martín Lutero y el posterior establecimiento del

Protestantismo. La posición de Lutero se caracterizó por su carácter

crítico y disidente, reflejando un profundo descontento con la corrupción

que se había apoderado del Vaticano.

Otra señal: un evento muy significativo que provocó un amplio

descontento que afectó a millones de personas fue la crisis financiera de

2008, que estalló en 2007 bajo Bush y fue heredada por Obama. Este

tema era tan complejo que tuve que pedirle a un amigo, Frank, muy

conocedor de asuntos financieros, que me lo explicara. Me expuso los

factores clave y sus implicaciones, pero añadió que podía resumirlo en

una sola palabra: desregulación. Es decir, la eliminación de

restricciones.

El desastre comenzó con la creación de los CDS (credit default swaps)

por J.P. Morgan en 1994, un “seguro” contra impagos que se convirtió en

un riesgo sistémico. En 1999, Fannie Mae relajó los requisitos de

préstamos, fomentando el crédito a personas con puntuaciones

crediticias más bajas. En 2000, la Reserva Federal bajó las tasas de interés

once veces, creando un entorno de crédito fácil pero insostenible. La

Comisión de Valores y Bolsa (SEC) permitió ese mismo año que los

grandes bancos se apalancaran sin límite, llevando a gigantes como Bear

Stearns, Lehman Brothers, Merrill Lynch, Goldman Sachs y Morgan

Stanley a ratios de 30 a 1.

Todo esto provocó un rápido aumento de los precios de la vivienda y el

posterior incremento de las tasas de interés. Al subir las tasas, los pagos

de las hipotecas se volvieron inasequibles para muchas personas. La

burbuja inmobiliaria estalló en 2006, provocando una fuerte caída en las

ventas y precios de las viviendas. Esto llevó al colapso de la industria

hipotecaria subprime estadounidense y a una serie de eventos,

incluyendo la quiebra de más de veinticinco empresas de préstamos

subprime.

La quiebra de estas empresas y el posterior rechazo de sus activos por

parte de los inversores provocaron una rápida caída en el valor de los

llamados activos tóxicos (CDS). Esto desencadenó una crisis de liquidez

que culminó en el colapso de todo el sistema financiero y una recesión

global. Estados Unidos, la Unión Europea, Australia, Canadá y Japón

estuvieron entre los países más afectados.

El rescate del gobierno estadounidense salvó a 44 instituciones

bancarias y financieras, compró activos tóxicos, detuvo ejecuciones

hipotecarias, reguló el sistema bancario y fortaleció la economía. Pero el

daño ya estaba hecho. Seis millones de familias sufrieron ejecuciones

hipotecarias, el desempleo aumentó, muchas personas se declararon en

quiebra y quedaron sin hogar, hubo suicidios y numerosos pequeños

negocios quebraron. Millones de personas perdieron la fe en las

instituciones y en el sistema, sintiendo que los responsables no fueron

castigados. Esto afectó quizá el aspecto más emblemático de la

democracia: limitar el ejercicio arbitrario del poder y someterlo a leyes

bien definidas. Mostró una vez más que el dinero y el poder están por

encima de la ley y que existen dos categorías de personas: las de arriba,

un pequeño grupo privilegiado que hace lo que quiere, y las de abajo, el

resto de la población, que paga las consecuencias.

Un estudio de científicos políticos de las universidades de Princeton y

Northwestern concluyó que, tras la crisis de 2008, la oligarquía financiera

estadounidense fortaleció su dominio sobre la economía y las decisiones

políticas, relegando al ciudadano promedio. El estudio también señaló

que el sistema político no prioriza al ciudadano común y que, aunque

mantiene características democráticas como elecciones y libertad de

expresión, las decisiones políticas están desproporcionadamente

influenciadas por las élites económicas.

Estos son algunos ejemplos que sacuden y estremecen el núcleo del

ciudadano común, aquel que día tras día se levanta para trabajar duro,

luchando por satisfacer incluso sus necesidades más básicas. Estos

eventos, cargados de crudeza e injusticia, lo sumergen en una

desolación abrumadora y lo llenan de desencanto, erosionando su fe en

las instituciones que dicen representarlo. Así, ese mismo individuo,

abrumado por la sensación de traición y engaño, termina siendo terreno

fértil para la semilla de la desconfianza, un caldo de cultivo ideal para

líderes oportunistas. Estos autoproclamados salvadores emergen con

promesas de transformación radical, ofreciendo un cambio de sistema

que, bajo la apariencia de redención, termina asfixiando la democracia

para dar paso a un nuevo orden, tan incierto como ominoso.

Es innegable que los adversarios de la democracia están explotando con

astucia cada fisura, cada debilidad inherente del sistema, y persistirán en

sus esfuerzos por manipular a las masas con el propósito último de

establecer un modelo alternativo de gobierno que les permita ejercer el

poder a su absoluta conveniencia, lo que algunos llaman el Nuevo Orden

Mundial. Este proyecto, muy probablemente, disfrutará inicialmente de la

aquiescencia pasiva e incluso de la aprobación de un pueblo que, sin

darse cuenta, está siendo sutilmente condicionado para abrazar este giro

político. En este escenario, la democracia, hoy blanco de controversia,

dura crítica y ataques implacables, podría enfrentar su extinción

definitiva, eclipsada por una ciudadanía que, sin plena conciencia,

pavimenta el camino hacia su propio destino. Esto no es inevitable;

depende de la voluntad colectiva de resistir o sucumbir.

©Noris Roberts

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